Viajar en avión: una experiencia personal

Cada día viajar en avión resulta más fácil y cómodo. ¿Realmente es así? Hoy he vuelto de viaje, la verdad es que no estoy muy de acuerdo con esta premisa cuando debes volar a menudo. Espero que entendáis porqué. He llegado al aeropuerto una hora y media antes de la salida del vuelo, siempre vas con tiempo por si surgen contratiempos. Así que me dirijo directamente la cola para sacar la tarjeta de embarque. Después unos cuantos minutos llega mi turno. El vuelo no sólo va lleno, sino que el amable chico del mostrador me ha informado que había overbooking (término muy utilizado para comunicarnos exceso de venta de nuestra lengua materna, pero parece que en inglés lo encajas mejor). Por lo tanto me ha pedido, más bien obligado, a facturar mi pequeña maleta de cabina. La utilidad de estas maletas es poder subirlas al avión para luego no tener que esperar en la cinta su llegada, en mi caso la utilidad va más allá de no perder el tiempo. Dejar mi equipaje en manos de las compañías aéreas me produce cierta desconfianza, tal vez, por ser algo bastante habitual y sólo con pensarlo me produce dolor de cabeza. Pero no tenía elección. Así que he despedido mis pertenencias con una última mirada deseando reencontrarme con ellas.
Siguiendo sus indicaciones me he encaminado a la puerta de embarque. Este paso no tiene muchos secretos pero todo se complica cuando te encuentras con la gran cola formada para cruzar el “arco”, tampoco es cuestión de tiempo esta vez. Es más un tema de dignidad. Una vez llego a la chica/o de las bandejas me despojo del reloj, el cinturón, el mechero, las monedas, las llaves, la botellita de agua… saco el ordenador de su cartera y la bolsa de los potecitos de líquidos, en fin, se lo doy todo como si me estuviera atracando. Pero no tiene suficiente.